Claudia María Ramírez

Rememorando la cirugía matutina

Mientras se oye el ensordecedor sonido del fuerte contacto de los cubiertos con los platos, el eminente doctor (con su impecable y admirada camisa blanca) se sienta a la mesa y pide su menú habitual. Se deja ir de la conversación, no quiere oírla; solo visualiza lo que el mesero le ha de poner delante, justo en frente, solo para él. Están en un restaurante común (no hay tiempo para lujos, no se sabe cuándo tiene lugar una emergencia y hay que estar en el menor tiempo posible en la fatídica sala de urgencias o en la mortal sala de resucitación).

El plato ha llegado. De él expelen los habituales olores entre el bullicio de la gente, las conversaciones a medio oír y la rapidez del instante. El doctor trincha afanosamente la carne y brotan jugos escarlatas. En seguida, se hace una leve capa de líquidos en su plato y los alimentos acompañantes quedan impregnados por las secreciones.

Con la boca llena, y tratando de ventilarla debido a la temperatura de la comida, el doctor pronuncia las primeras palabras, las mismas que pronuncia ante este régimen alimenticio, ante esta ingesta de costumbres. Los demás hacen como si le entendieran, como si les importara; cada uno está interesado en consumir lo más pronto posible lo que el mesero le ha puesto en frente y, así, retomar las labores diarias, aquellas labores producto de años de estudio, dedicación y trasnocho.

Entre tanto bullicio, el doctor recuerda la operación quirúrgica de la mañana. Algunos de los allí presentes también estuvieron, así que la conversación tiene un punto en común y es viable intercambiar palabras para amenizar un poco las jugosas carnes, los vapores asfixiantes, las carcajadas de la mesa de atrás, el llanto de la señora que habla afanosamente por teléfono, el eructo de la mesa junto a la ventana y hasta el burdo coqueteo de la mesa que está ubicada al lado del orinal.

El doctor sujeta el tenedor y con fuerza mesurada lo introduce en la viscosa carne. Más jugos brotan; las glándulas salivales siguen con su producción propia. El cuchillo recorre afanosamente las fibras. El tenedor obtiene su pedazo: gris, marrón, rojo. Y cae una gota pegajosa sobre la capa líquida del plato. La lengua del sabio doctor está dispuesta a absorber cada uno de los sabores producidos por el bocado de aquella carne recién cocida y obtenida, pero es obligada a ayudar en la pronunciación de los hechos acaecidos durante la operación de la mañana. Describe cómo fue la primera incisión sobre el pecho de aquel hombre de 57 años destinado a morir a causa de su enfermedad cardiovascular.

La lengua se desliza entre la producción de las glándulas salivales; se detiene, indecisa, entre la descripción y su gelatinoso bocado. Se inclina por el segundo. Otra gota marrón cae al caldo que se ha formado en el plato. El doctor retira su grueso cuerpo para evitar que la impecable camisa blanca se manche. Menciona con detalles las partes del cuerpo involucradas en la incisión, las características de la enfermedad y la vitalidad de la operación.

Lleva el pedazo de carne a la boca. La lengua absorbe las secreciones, tanto del objeto introducido como las del propio cuerpo, y las traga. Corta otro pedazo de carne en el plato, con las manos un poco peludas. El arroz absorbe antipáticamente los jugos, pierde su color característico, se tiñe de escarlata y su textura es cada vez más gelatinosa.

En la mesa, todos miran ávidos cómo se describe la operación. El corte de la piel, de los músculos, el paso por la capa adiposa y su color; las características únicas del paciente y de la enfermedad misma. Hasta que por fin se llega al sangrante corazón que palpita afanosamente, angustiadamente, angustiosamente, entre rojos fluidos ocasionados por las manos de látex y los instrumentos de frío acero.

Otro pedazo de carne medianamente aliñada es llevado a la boca. Las muelas avariciosamente machacan y desgarran aquel trozo. Más jugos son excretados y saboreados. Las palabras del doctor se entremezclan con los ruidos pegajosos de su deglución. Describe el tamaño del corazón, sus condiciones poco vitales, su consistencia en la mano de látex, la cantidad de fluidos sobre la mesa y los colores que la tiñeron, el color amarillento del cuerpo al que pertenecía ese órgano indispensable y las precarias condiciones en las que se encontraba.

Las manos sujetan fuertemente los cubiertos: la izquierda, el mordaz tenedor; la derecha, el cercenador cuchillo. Esta vez, el doctor trata de cortar un gran pedazo de carne. Pero ante la textura babosa de la misma, recurre al desgarramiento del trozo. Las fibras se van separando una a una y quedan débilmente sujetas por el tenedor. En el plato, toda la comida se ha mezclado y sumergido en los fluidos propios de los cortes.

Se nombran las venas y las arterias, y su degeneración. Se hace una incisión más grande. La mano de látex se ve en la grata necesidad de introducirse más en el moribundo cuerpo. Texturas gelatinosas son palpadas. La presión aumenta, la temperatura disminuye. Otro pedazo de carne es cortado. Las verduras son partidas burdamente y mezcladas con la proteína. Un pequeño recuerdo del tejido adiposo obstruye el camino del cuchillo. El doctor se desespera. Quiere seguir engullendo, alimentándose. Acomoda mejor los alimentos en el plato e imprime más fuerza sobre los utensilios dispuestos para la ingestión. De su boca salen palabras olorosas a condimentos baratos, asperjando líquidos al pronunciar los pormenores necesarios de su trabajo matutino. Los ruidos de las máquinas de resucitación se confunden con las carcajadas del restaurante, con los besos apasionados, con el roce de los utensilios, con el llanto de la señora en el teléfono.

El paciente se estabiliza. Los alimentos sobre el plato no dan espera. Las muelas desean seguir machacando y extirpando líquidos que se mezclarán con los corporales. Se sujetan los cubiertos con ansiedad. Se desmochan los trozos requeridos y se llevan rápidamente a la boca. El recorrido del cubierto hacia la misma es más corto, pues el doctor ha decidido inclinar su cuerpo en dirección al cubierto, evitando pérdida de tiempo. Una hemorragia sobreviene al cuerpo moribundo. Es necesario encontrar su origen. Líquidos y más líquidos, vitales y mortales, inundan las manos del doctor. El color bermejo tiñe la sala. La muscular lengua hace lo propio para el proceso de deglución que es facilitado por la gran cantidad de saliva y de líquidos contenidos por la cavidad bucal.

El precario mantel sobre la mesa tiene rastros de líquidos. En el plato, restan algunos trozos de arroz, rastros de verdura y el último bocado de carne sobre la espesa capa marrón y grasosa. Presurosamente, el tenedor lo trincha y lo comparte con la saliva, la lengua y las poderosas muelas.

El doctor levanta la mirada del plato y con la boca húmeda pronuncia satisfecho el fatídico final. Sobre el plato de cerámica queda el rastro de los jugosos líquidos y el pequeño trozo blanco del tejido adiposo. Los cubiertos son puestos burdamente a un lado y el plato es retirado del cuerpo. El doctor corre el asiento mientras su lengua recorre estrepitosamente los dientes y las muelas en busca de algún rastro que con capricho haya evitado ser engullido; se levanta y estira su impecable y respetable camisa blanca.

✍🏻 Autora del cuento: Claudia María Ramírez
📆 Año: 2011
🏆 Premio: Octavo lugar en “XVI Concurso Uniandino de Cuento Ramón de Zubiría”

⚠️ Copyright © Claudia María Ramírez, 2011

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