Claudia María Ramírez

Por qué no soy una jirafa

Mientras me bañaba, llegué a esta conclusión: “No puedo ser jirafa”. Lo sé, los pensamientos de ducha pueden ser un trébol de cuatro hojas o el cometa que descubrió Bart Simpson.

Las jirafas tienen un porte sofisticado. Ya quisiera yo caminar con esa elegancia digna de la realiza inglesa.

Además, salvo cuando los machos se pelean a cuellazos o las madres protegen a sus crías a patadas, las jirafas con animales tranquilos. Otro punto a su favor.

Y verlas caminar es como recostarse en una hamaca, con una buena bebida en la mano, a observar cómo el sol termina el día, en silencio y con una sonrisa.

Las admiro. Si tuvieran una estrella en el paseo de la fama, iría a tomarme una foto con la estrella. Diría que me la tomaría con ellas en la vida real, pero no salimos en la misma foto: ellas son altas y yo, chaparrita.

Están entre mi top 10 de animales favoritos. Pero no sería jirafa.

Lo primero que imagino es mi llegada al mundo: un golpazo por una caída de no sé cuántos metros, como un coco. Supongo que la bolsa del empaque amortigua algo el porrazo, pero no del todo. Me pregunté: ¿quisiera que mi primer recuerdo del mundo sea el impacto de la gravedad? No. No es mi estilo.

El otro punto que mi impide ser jirafa es tomar agua: hay que ser contorsionista para llevar la cabeza al suelo y beber agua.

La naturaleza te lo da todo, o eso se supone. Que tomar agua implique tanto esfuerzo, habilidades que no te dieron y que te quiten el glamur… lo considero un error de fabricación.

No estoy pidiendo que a las jirafas les den un pulgar oponible, el mismo que nos permite a nosotros y a los demás primates manipular objetos y, en general, tener una vida fácil. Lo que estoy diciendo es que las pobres ni agua pueden tomar.

Bueno, sí, la toman. No son camellos. Pero no les es fácil. Tienen que abrirse de patas, estirarse lo más que puedan y, con la punta de la lengua, atrapar el agua que la suerte les permita.

No. No puedo ser jirafa.

Claudia María Ramírez
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Agosto 9

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