Claudia María Ramírez

Golpe de suerte

“Tú crees en un Dios que juega a los dados
y yo creo en una ley y un orden completos
en un mundo que existe objetivamente”.

Albert EINSTEIN

La moneda brilla ascendiendo por el aire, iluminando los ojos ávidos de resolución de aquel que se ha atrevido a jugar con el azar. Rota la esperanza cobarde del destino. Los ojos la siguen por el espacio, por la atmósfera; buscan una respuesta. Piensan en ella: ¿un lado o el otro?, ¿sí o no? Fugazmente contempla las probabilidades infinitesimales, pero las descarta por insignificantes: la desaparición de la moneda, la equivalencia de ambos lados, que la moneda caiga sobre su borde, la discontinuidad espacio-tiempo, la implosión del universo en ese instante o que el hombre se vaya antes de que la moneda dé su veredicto.

La respuesta se reduce, entonces, a dos opciones posibles con probabilidad igual: cara o sello.

Los ojos la ven elevarse hasta que la fuerza con la que la lanzó desaparece y su velocidad es nula. Se precipita con la aceleración pronosticada por Newton siglos atrás. Todo va de acuerdo con las leyes físicas.

El recorrido y la postura final de la moneda pronto determinarán cómo actuará quien la lanzó, cuál será su parecer, cuáles serán su decisión. En la disposición de la cara y del sello está la vida de este hombre.

Él lo ha entregado todo, lo ha apostado todo en el frágil girar de un objeto que solo sirve para comprar. Una decisión. Solo una. Sí o no. Una pequeña decisión que lo determinará a él; una decisión que se niega a tomar. La cobardía lo aprisiona; teme cualquiera de las dos respuestas; por eso opta por la salida más fácil: la decisión de un tercero, la decisión de la moneda, que ella cargue con el peso de las consecuencias.

La moneda, en su descenso vertiginoso, se asemeja al aletear de la mariposa, como aquel aleteo que afecta y retumba hasta los confines del Universo.

La cara brilla; el sello, también.

La velocidad visualmente es mayor y, emocionalmente, menor. En pocos segundos la moneda estará en su mano y el hombre tendrá una decisión, podrá asir su vida en la extremidad derecha mientras una sonrisa victoriosa y aliviadora se dibujará en su rostro.

Los ojos se iluminan y se concentran en la rotación envolvente, mientras la moneda realiza su caída; el corazón late con fuerza; gotas de sudor humedecen su barbado mentón, y las manos arrugadas y pecosas esperan ansiosas que la moneda se pose en una de ellas con la determinación al fin tomada. El cerebro sigue pensando en las posibilidades, pero en las que tienen mayor probabilidad. Repite con insistencia lo que representa la cara y lo que representa el sello, lo que significará el sí y lo que significará el no.

Cierra la mano con vigor. Cree que por fin, después de esta angustiosa espera, la ha sujetado. Pero un ruido agudo contra la baldosa lo lleva de nuevo al girar de la moneda. No había contemplado esa posibilidad. No había considerado la infinita cantidad de variantes que podían influir en el giro de la moneda, en su rumbo, en la cara o el sello. La moneda debía haber caído en su mano; ese ha debido ser el destino de la moneda.

Él la lanzó con el dedo pulgar derecho; se suponía que caería en la palma de la mano derecha, entre las líneas vitales y enigmáticas. Y la aprisionaría, luego, con ambas manos para descubrir la decisión.

Con rapidez y un poco de ansiedad, sopesa las variantes mientras la rotación de la moneda atrae a sus ojos como el imán al meta. Analiza el viento, la inclinación del suelo, las ranuras entre las baldosas, la fricción entre la baldosa y la moneda, la rejilla que está a menos de cincuenta centímetros de su ajado zapato, la fuerza con la que la lanzó.

Se concentra, de nuevo, en el resultado. ¿Cara o sello?

La moneda gira sobre su eje con más velocidad de lo que la media de las probabilidades indicaba. No se desplaza entre las baldosas. No cae en las ranuras y no queda atrapada en la rejilla. La moneda rota, pero no se traslada. Entonces, descarta esas probabilidades.

Los destellos del giro lo hipnotizan. Todo es confuso.

No distingue ninguna de las dos caras, como si se hubieran fundido en una sola o como si ambas hubieran desaparecido.

Ya no parece una moneda. Es un objeto sin forma definida que rota en espera de una decisión.

El azar y el destino se entrelazan en esta rotación. Se unen. Se separan. Son uno solo. Son opuestos. Ninguno de los dos existe.

La fricción entre el suelo y la moneda, y entre esta y el aire hace que la moneda tenga una velocidad cada vez menor. Se oye la desaceleración. Los dos lados de la moneda, la cara y el sello, empiezan a ser visibles.

¿Hacia cuál de ellos se inclinará la moneda? ¿Cuál de los dos dejará al descubierto?

Ante los ojos estupefactos, la moneda se detiene. Ya no gira. Ya no se traslada. Está quieta. El indeciso espectador puede ver los dos lados al tiempo. La moneda, inmóvil, está sobre su borde.

Mínimas probabilidades, pero posibilidades al fin y al cabo.

Azar y destino se fusionan y desaparecen ante la infinidad de posibilidades para tomar  una decisión.

Autora: Claudia María Ramírez
Año: 2011

© Claudia María Ramírez

Debo confesártelo: te espío. Uso cookies para obtener información sobre cómo navegas en mi web. Mis ínfulas de Agente 007 solo llegan hasta ahí. Si continúas navegando, deduzco que aceptas las condiciones de mi casa. Si no quieres ver más este letrero -que bien feíto sí es-, haz clic en el botón de abajo. Así, las aceptas, tú y yo quedamos con el registro de tu decisión, y el letrero se va. Pero si lo que quieres es conocer qué cookies uso, lee mi política de cookies. Te informas y tomas tu decisión. Disfruta tu visita por mi casa.

ACEPTAR

Aviso de cookies